Después de terminar el campo de trabajo en Belgrado me dirijo a Zagreb (info, foto) capital de Croacia (info), desde donde tomaré un avión a Hamburgo para ir Osnabrück. En Zagreb tengo un contacto, aunque no sé muy bien desde lo he sacado: creo que contacté a AEGEE-Zagreb.
Sólo he hablado con ella por email y sms, y nunca nos hemos hablado o conocido. Su nombre es Ivana (foto) y me enseñará Zagreb durante el día que voy a pasar en la ciudad. Resulta ser una chica encantadora; me enseña la ciudad y además en perfecto español (¡es una loca del español! y ha practicado en Argentina). Además me invitó a comer y por si fuera poco al final me regala una caja de chocolate local.
Zagreb es una ciudad bastante bonita y de un tamaño similar al de Zaragoza. Pasamos un día estupendo.
Ivana y yo
Para ir a Belgrado, capital de Serbia, hay que tomar un bus que tarda 6 horas, aunque si se te avería en mitad de ninguna parte de Serbia puede tardar 2 horas más como me pasó. Sólo conozco a una persona en Belgrado, Luka, que conocí en Sicilia hace dos años. Afortunadamente cuando bajo del bus está ahí Luka y me cuenta que su hermana es la organizadora del campo de trabajo. Es una enorme casualidad: Sólo conozco a una persona en Serbia, Luka, y su hermana es la organizadora del campo al que voy.
Vivimos en una Isla del Danubio, donde no hay agua ni electricidad. Cruzamos diariamente el río en una patera al otro lado para comer y estar. El campo de trabajo consiste en recoger botellas de plástico de la isla donde se acumulan de forma natural ya que las lleva la corriente. Somos 10 personas de 10 países distintos, lo que resulta muy interesante aunque el campo resulta tremendamente desorganizado.
Dos horas y pico más tarde llegamos por fin a “las afueras de Sarajevo” donde me invitan a bajarme y me dan instrucciones para llegar al centro de la ciudad. Era una parada de autobús, oscura, muy oscura, donde casi sólo se veía el resplandor de la ciudad. El bus se retrasa y se retrasa (tenía que tardar sólo 5 minutos según la madre iglesia) y lo único que no me hacía sentirme perdido y desesperado era la presencia de un viejo que esperaba el bus conmigo. Llamo a mi amiga de Sarajevo y quedamos en la estación de autobuses. Por fin el bus llega (a la media hora) y no puedo pagar con euros (en Bosnia hay marcos convertibles) y el conductor dice que no con la mano y hago lo único que puedo hacer: poner cada de buena persona en malas circunstancias. Al final me deja pagar con un euro, equivalente a dos marcos y el bus arranca.
No sé dónde bajarme así que me bajo en lo que me parece una posible estación de autobuses, donde además hay mucha luz, lo cual es bueno. Allí no era la estación pero hay muchos tranvías; me intento comunicar con el viejo de la parada de forma patética: “Tram, centar ¡centar!” decía. Y yo lo entendía: toma el tranvía para ir al centro, pero, ¿qué tranvía? Y, ¿dónde me bajo? (Ya he tenido suficiente con sentirme en medio de ninguna parte por hoy). En esto, una Bosnia-musulmana (con pañuelo y todo) se hacer y oportunamente me pregunta: ¿Do you need any help? Después de todo aún estoy en la civilización. La chica que va con su madre me explica muchas combinaciones de tranvía que debo tomar y pongo cara de no enterarme demasiado. Al final me anima a seguirla a ella y a su madre tras la promesa de llevarme a la estación de autobuses a donde inevitablemente llegaré muy tarde.
Tras una larga caminata por algunos descampados, los 3 nos subimos a un tranvía que se mueve tanto que tengo que mirar las caras de la gente para ver si es lo normal y, sí, es lo normal. La chica se baja en una parada pero encarga a su madre que me acompañe hasta la parada correcta, cosa que hace y al fin me encuentro con Elia -al fin- que me lleva a su casa. Desde ella se ve Sarajevo de noche y es precioso.
Los siguientes días los paso en Sarajevo, conociendo la ciudad cómodamente guiado por Elia.
Sarajevo
Conozco a muchas personas y salimos por la noche. Visito las oficionas de la ONU y me informo un poco cómo funcionan. Sarajevo es una ciudad muy bella y los extranjeros que hay (y son muchos) no son turistas sino soldados de permiso, funcionarios de embajadas u otros organismos internacionales. El rastro de la guerra aún es palpable, más es las conversaciones con la gente que por los agujeros de baja en las paredes (aunque también los hay).


Salí de Zaragoza el 30 de junio, desde Zaragoza a
Dubrovnik con un avión fletado por el ejército para reemplazar a los soldados de la Sfor y la Kfor de
Bosnia y Kosovo respectivamente. Esta ganga (no tuve que pagar nada y además me dieron de comer, no como en
Ryanair y tantas otras) la conseguí de la siguiente manera: Elia, mi amiga de Sarajevo, me contó que la posibilidad de solicitar una plaza era posible porque había oído rumores… Llamé a un médico-militar amigo de mis padres que a su vez llamó al
Ministerio de Defensa informándose más… Tras lo cual obtuve un número de teléfono de una Subdirección de no sé qué y llamé. Después de unas 10 llamadas en las que me marearon mucho y me sentí totalmente identificado con Astérix en la prueba de los romanos en la que tiene q conseguir el certificado E-213.. El caso es que finalmente doy con la persona adecuada que me dice que tengo que mandar un fax con una instancia y justificar cuál es el “proyecto de cooperación” que voy a hacer allí, cosa que hago y unos días después recibo una llamada de confirmación y… ¡a volar!
(En el avión hay muchos que no son soldados: gente de la embajada, periodistas, familiares de soldados que van a Croacia a hacer turismo, una monja…) Una vez llego al aeropuerto de Dubrovnik, ciudad costera de Croacia, me apunto con el bus los militares –después de hacerme amigo de todo quisqui- que los lleva a la base militar de Móstar en Bosnia ya que me resulta lo más práctico, en lugar de tener que usar los buses de línea que tardan una eternidad (6h) y además tendría que hacer noche en Dubrovnik y yo lo quiero es ir lo antes posible a Sarajevo. La gente de la embajada y demás gente con posibles se habían alquilado un coche o los habían ido a recoger. En el autobús de la Sfor, fuerza internacional que “gobierna” Bosnia desde el 94, eran un montón de soldados, una monja y yo. En el camino me siento al lado de un soldado bastante majo que me explica lo que me interesa sobre su profesión, sus frustraciones y demás. Los demás soldados me parece un grupo de clase en el que todos tienen grandes espadas y han repetido muchos cursos. En la frontera de Croacia con Bosnia nos retienen 40 minutos y los soldados se empiezan a lamentar por que se van a perder el partido; lo irónico es que se supone que la Sfor es la que manda ahí, así que esperaba que no hubiera tantos problemas, aunque como luego comprobé los balcánicos se toman las cosas con mucha calma, al más puro estilo andaluz-siciliano. A las 3 horas llegamos a la base de Móstar, a medio camino entre Dubrovnik y Sarajevo. A la monja y a mí nos hacen bajarnos ya que los civiles no pueden entrar en territorio militar. En ese momento, 8 de la tarde, a 7 km de Móstar, ciudad donde no hay precisamente una gran oferta hotelera, estaba yo con mi mochila cuando se me ocurrió pedirle a la monja, a la que iban a recoger, ir en el coche, suponiendo que hubiera sitio para mí. Ella se dirigía a un pueblo llamado Novavila, en la República Serbska de Bosnia, más allá de Sarajevo. El coche llega y afortunadamente hay sitio para mí; eso sí, no pueden dejarme en Sarajevo “city-center” sino en una parada a las afueras de la ciudad…Las monjas se ponen ha comentar la actualidad española poniéndose al día: La boda y algunas historias rosas… No me hacen mucho caso y aprovecho para mirar por la ventanilla y ver lo bonito que es Bosnia, un país muy verde y montañoso.